Al lado de la estación de Guixar hay peróxido de hidrógeno, ácido sulfúrico, clorhídrico…

La estación provisional de Guixar en Areal nos permite una pequeña visión de esa ciudad desconocida al otro lado de la barrera que separa los terrenos del Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF) y del Puerto. Por ejemplo unas cuantas docenas de contenedores cisterna nos saludan al llegar. El espectáculo es bonito, pues los contenedores tienen variadas formas y colores y se apilan graciosamente haciendo una larga muralla multicolor que nos acompaña al pasar junto a ella en el tren.

Quizás la curiosidad nos lleve a intentar identificar su contenido, pero poca información nos proporciona una etiqueta naranja por ejemplo con los números 559?2015. Puede que traducirlo a peróxido de hidrógeno, ácido sulfúrico, ácido clorhídrico, etc. clarifique un poco su contendido. Si, además, consideramos su carácter inflamable, corrosivo, o gas tóxico, y añadimos que, por ejemplo, puede ser extremadamente combustible o incendiarse violentamente de forma espontánea, o tóxico por inhalación, entonces ya tenemos una información más completa.

Partiendo de estos datos, fijarse en que cada cisterna contiene, en función de su tamaño, entre 23.000 y 56.000 litros de esos productos posiblemente resulte inquietante. Desgraciadamente hay motivos para la intranquilidad: un día de actividad normal se almacenan entre Teis, García Barbón y Areal una media de 790.000 litros de productos tóxicos y peligrosos. A las puertas de la ciudad tenemos un arsenal químico.

El menú es variado, aunque difícil de identificar por lo cambiante y porque la clave del código numérico que indica la peligrosidad y la sustancia que contienen los tanques no es algo que habitualmente llevemos en el bolsillo. Afortunadamente en algunos casos el producto se identifica con nombre y apellido, al menos permite saber que tenemos delante.

Se trata exactamente de esos terrenos fronterizos entre tren y puerto que estos días conocemos que serán compartidos más allá de las burocracias, muy complicadas sobre el papel, pero apenas un alambrito en la realidad. Por cierto, alambritos y cercados irrelevantes para explosiones y gases.

No se trata de un asunto menor. La expansión de Vigo hizo que zonas aisladas donde tradicionalmente se depositaban estas mercancías peligrosas para su transporte marítimo o ferroviario se encuentren ahora dentro del casco urbano, aumentando exponencialmente el riesgo para la población que, además, ignora que tipo de sustancias tóxicas tiene ante su puerta, porque, como viene siendo costumbre, preguntar a sus responsables es una mala práctica.

El caso es que, en medio de un incesante tráfico de grúas, trenes y camiones, y accesibles a cualquiera se encuentran toneladas de productos químicos de síntesis, muchos de ellos altamente tóxicos y peligrosos, a merced de esas caprichosas estadísticas que indican que nunca pasa nada? hasta que pasa.

El problema de estas bombas de relojería químicas es que cuando pasa algo, y en Vigo puede pasar en cualquier momento, las consecuencias son extremadamente graves. A partir de ahí se inicia la siempre interminable serie de caras de profunda preocupación y retiradas entre bambalinas, porque la norma general, en caso de accidente, es la aparente sorpresa, el ?¿pero cómo podía estar eso almacenado ahí?? y luego, por supuesto, dejar claro que la responsabilidad siempre es de otro.

La voz de Galicia

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